Hola amiblogs,
Hacía ya tiempo que no me pasaba por aquí a relataros vivencias y hechos, tanto fenológicos como retratos, de la fauna silvestre de Quintanilla. No me quiero olvidar del maravilloso fin de semana que he pasado con, las que yo creo son unas de las mejores personas que he conocido y seguramente conoceré; La familia en cuestión es Extremeña, Cigüeños o Torreños para ser más exactos. Ellos son
Jerónimo Milán, Jorge Milan, Asun y Jaime. Para ellos, era su primer viaje a Quintanilla. También nos acompañaron
Ramón Silvia y Eri, sin los cuales no hubiera sido lo mismo. A ellos va dedicada esta entrada que no es de aquellas jornadas, ya que yo me lo pasé genial disfrutando de su compañía y consejos, y las fotos las dejé para mi
hermano. En nuestro fin de semana también estuvieron
Ángel Velasco y Lolo Mata, artífice de la quedada y de las pitanzas en el Muladar.
Pues bien, mi historia comienza en una tarde cualquiera de un mes de verano, quizás se mezclaba ya con otoño, pues por las sendas por las que andaban los Bautos ya crujían las hojas, aunque por el cielo aún se dejaban ver las golondrinas, aviones, calzadas y algún que otro ave que no habían emprendido aún su largo y apesadumbrado viaje hacia el África.
La tarde transcurría con normalidad, en un campo de girasoles, unas palomas bravías entremezcladas con una pareja solitaria de torcaces y algún que otro gorrión, se alimentaban de las abundantes pipas que caían por todo el sembrado amarillo.
Los gorriones disfrutaban de la "pipanza" aunque no por ello descuidaban la retaguardia, y cada dos por tres levantaban la cabeza en busca de algún peligro.
Las palomas no salían mucho del suelo, a no ser que algún individuo, animal o algo que les asustase les hiciera levantar el vuelo.
Por aquel entonces los girasoles ya andaban con la cabeza "gacha" y con un tono que les hacía parecer morenos.
Pero entre tanto, algo debió espantar a las palomas y gorriones; algo que creo y luego corroboré, yo no fui. Miré a un lado y a otro y ni rastro, pero entonces miré en el cielo y, ¡Oh fortuna!, eso era lo que las había hecho levantar el vuelo, aquella silueta que, como díría el maestro Félix, les recordaba a la muerte en el aire.
Pero, ¿qué podría ser?, ni siquiera con los prismáticos acerté a ver lo que era. Las palomas debían saberlo muy bien y echaron a volar en todas direcciones, pero en bandadas, que es mas fácil sobrevivir a cualquier ataque.
Pude "afotar" a algún ejemplar, de muy diversos plumajes, entre los que destacaban una pareja de bravías albinas, las cuales me recordaban un poco a las Gangas de las estepas.
Después de unos segundo de incertidumbre, cuando todo parecía haberse quedado en un susto, aparecieron un par de palomas volando como si tuvieran fuego en las cola, y no era para menos, pues como una centella apareció rozando las hojas caducas de los almendros, ¡Un Alcotán!. Se dice y está comprobado de la velocidad elevadísima que alcanzan los Halcones peregrinos en picados y otros vuelos, pero yo os puedo asegurar que jamás he visto semejante velocidad y destreza a la hora de maniobrar en línea recta y a pocos metros del suelo.
Ni siquiera con el estabilizador de imagen activado, acertaba a enfocar al proyectil.
Hasta tres veces vi la persecución que, no sé si serían o no presa fácil para el migrador africano pero las bravías no se lo pondrían nada fácil.
Tras unos cuantos minutos intensos, la calma volvió a la campiña, con un final incierto, aunque bien podría haber acabado con un gran picado, choque o quiebro por parte de ambos contendientes.
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| Campo otoñal |
Un saludo amigos!!